¿Y si el voto popular es el problema? Desde la antigua Grecia grandes filósofos como Platón y Aristóteles desconfiaban profundamente de la democracia. Su argumento central: gobernar es una habilidad, no un derecho de nacimiento. Así como no dejas que cualquiera opere tu barco o te haga cirugía ¿Por qué dejarías que cualquiera decida el rumbo de una nación?
Platón lo llamaba "el gobierno de los ignorantes", pues la mayoría, sin educación política ni virtud cívica, vota por quien le promete más, no por quien gobierna mejor. Para él, eso no era libertad, era demagogia disfrazada.
Pero el problema no termina en quién gobierna, sino en quién elige. Si el voto es un poder real sobre el destino colectivo, ¿Tiene sentido que lo ejerza por igual alguien que estudió política, economía e historia, y alguien que no sabe quién es su candidato ni qué propone?
La meritocracia aplicada al sufragio propone exactamente eso: que el derecho a votar, o el peso de ese voto, debería estar condicionado a un mínimo de conocimiento cívico demostrable. No como exclusión elitista, sino como responsabilidad.
De hecho, varios países ya exigen alfabetización o conocimientos básicos para ciertos procesos electorales. Y pensadores modernos como Jason Brennan (Against Democracy) argumentan que el voto desinformado no es neutral: es activamente dañino, porque diluye las decisiones informadas con ruido masivo.
Al final la democracia hace que personas no aptas para gobernar gobiernen y a su vez éstos son elegidos por personas no aptas para elegir.
El debate real entonces no es solo "¿Quién manda?", sino "¿Quién debería tener voz para decidirlo?"