"¡Desconfiad de todos aquellos que hablan mucho de su justicia!. En verdad, a sus almas no es miel únicamente lo que les falta. Y si se llaman a sí mismos «los buenos y justos», no olvidéis que a ellos, para ser fariseos, no les falta nada más que poder!
Amigos míos, no quiero que se me mezcle ni confunda con ellos.
Hay quienes predican una doctrina similar a la mía acerca de la vida: y a la vez son predicadores de la igualdad, y tarántulas. Hablan a favor de la vida, a pesar de que estén ellos agazapados en sus agujeros, esas arañas venenosas, apartados de la vida: débese a que pretenden así hacer daño.
Con estos predicadores de la igualdad no quiero ser yo mezclado ni confundido. Pues a mí la justicia me dice así: «los hombres no son iguales» ¡Y tampoco deben llegar a serlo! Si yo no pensara así ¿cómo podría amar al Superhombre?
La propia vida quiere edificarse hacia las alturas, con pilares y escalones, hacia vastas lejanías quiere mirar, y hacia bienaventurada belleza, - ¡por eso necesita altura!
¡Y como necesita altura, por eso necesita escalones, y la superposición de estos. Subir quiere la vida, y subiendo, superarse a sí misma.
Mas cosa distinta es, sin duda, lo que las tarántulas predican. «Llámese para nosotros justicia precisamente esto, que el mundo se llene de las tempestades de nuestra venganza» - así hablan ellas entre sí. «Venganza queremos ejercer, de ahora en adelante virtuoso será quien ansíe la igualdad, gritaremos a todo lo que signifique poder» - esto se juran a sí mismos los corazones de las tarántulas.
Vosotros, predicadores de la igualdad, la demencia tiránica de la impotencia es lo que en vosotros reclama a gritos «igualdad»: ¡vuestras más secretas ansias tiránicas se disfrazan, pues, con palabras de virtud!
Presunción amargada, envidia reprimida, tal vez presunción y envidia de vuestros padres: de vosotros brota eso en forma de llama y de demencia de la venganza.
Lo que el padre calló, eso habla en el hijo; y a menudo he encontrado que el hijo era el desvelado secreto del padre.
A los entusiastas se asemejan: pero no es el corazón lo que los entusiasma, - sino la venganza. Y cuando se vuelven sutiles y fríos, no es el espíritu, sino la envidia lo que los hace sutiles y fríos. Sus celos los conducen también a los senderos de los pensadores; y éste es el signo característico de sus celos - van siempre demasiado lejos: hasta el punto de que su cansancio tiene finalmente que echarse a dormir incluso sobre nieve. En cada una de sus quejas resuena la venganza, en cada uno de sus elogios hay un agravio; y ser jueces les parece bienaventuranza. Mas yo os aconsejo así a vosotros, amigos míos: ¡desconfiad de todos aquellos en quienes es poderosa la tendencia a imponer castigos!
Los Sabios Famosos.
Al pueblo habéis servido, y a la superstición del pueblo, todos vosotros, sabios famosos! - ¡y no a la verdad! Y precisamente por esto se os tributaba veneración.
Y también por esto se soportaba vuestra incredulidad, ya que ésta era un ardid y un camino indirecto para llegar al pueblo. Así deja el señor plena libertad a sus esclavos y se divierte además con la petulancia de éstos.
Mas quien al pueblo le resulta odioso, como le resulta un lobo a los perros: ése es el espíritu libre, el enemigo de las cadenas, el que no adora, el que habita en los bosques.
Arrojarlo de su cobijo - eso es lo que ha significado siempre para el pueblo el «sentido de lo justo»: y contra él continúa azuzando a sus perros de más afilados dientes.
«Pues la verdad está aquí: ¡ya que aquí está el pueblo! ¡Ay, ay de los que buscan!» - así se viene diciendo desde siempre.
A vuestro pueblo queríais darle razón en su veneración: ¡a eso lo llamasteis «voluntad de verdad» vosotros, sabios famosos! Y vuestro corazón se decía siempre a sí mismo: «del pueblo he venido: de allí me ha venido también la voz de Dios»
Habría, pues, que decir en vuestro honor que, realmente vosotros, sabios famosos al servicio del pueblo, habéis crecido a la par que lo hacía el espíritu y la virtud del pueblo, y que éste ha crecido conforme lo hacía vuestro espíritu y vuestra virtud. Pero para mí seguís siendo pueblo, incluso en vuestras virtudes: un pueblo corto de vista que no sabe lo que es el Espíritu.
¡En verdad, no conocéis el orgullo del espíritu! ¡Pero aún menos soportaríais su modestia si tratara éste de manifestarse! Y todavía nunca os ha sido lícito arrojar vuestro espíritu a una fosa de nieve; ¡no sois lo bastante ardientes para ello! Por esto tampoco conocéis los éxtasis de su frialdad.
Para mí vosotros os tomáis en todo demasiadas confianzas con el espíritu; y de la sabiduría hacéis con frecuencia un asilo y un hospital para los malos poetas.
No sois águilas: por ello no habéis experimentado tampoco la felicidad que hay en el terror del espíritu. Y quien no es pájaro no debe hacer su nido sobre los abismos.
Me resultáis tibios, y fría es la corriente de todo conocimiento profundo. Gélidos son los pozos más íntimos del espíritu: un alivio para manos y trabajadores ardientes.
Que honorables y rígidos os presentáis ante mí, sabios famosos! - a vosotros no os empujan un viento y una voluntad poderosos.
¿No habéis visto jamás una vela caminar sobre el mar, hinchada y temblorosa por el ímpetu del viento? Pues mi sabiduría salvaje camina sobre el mar como una vela que tiembla por el ímpetu del Espíritu.
¿Cómo ibais a poder acompañarme vosotros, servidores del pueblo, sabios famosos?"
-Friedrich Nietzsche; Así Habló Zaratustra.